Por ello, son estudios que van desde
lo profesional a lo científico, y no a la inversa.
La predominancia de lo intereses operativos por sobre
los teórico-explicativos, por una lado; y las
dificultades de la explicación, por tener que
hacerse desde perspectivas disciplinares diversas que
vienen a cuento en relación con el fenómeno
(sociología, economía, semiología,
antropología), hacen que sea difícil la
constitución de un campo suficientemente sólido
desde el punto de vista de su valor epistémico
y su coherencia conceptual.
Lo anterior contrasta con la evidente
importancia social de estos estudios, dado que quienes
los realizan son formadores de opinión pública,
es decir, ocupan un lugar preponderante en la configuración
político-ideológica de la sociedad, y
en las disímiles tomas de partido que se dan
dentro de ella. Tal contraste es francamente problemático:
un espacio donde se juegan cuestiones sociales decisivas,
es vacilante en cuanto al valor de su sustento científico.
La coexistencia de discursos provenientes
de disciplinas diversas, producen una torre de Babel
donde puede tenderse a superponer teorías diferentes
sin recaudos ni criterios para establecer mutuas prioridades.
Esto lleva hacia una acumulación de contenidos,
sin un orden que los jerarquice y relacione. Otra de
las “soluciones” a este dilema está
en la hegemonía lisa y llana de un tipo de enfoques
sobre otros: así sucedió con aquéllos
centrados en lo social y lo ideológico en los
años setentas, los relacionados con la semiología
en los años ochentas, y luego la nueva vulgata
constituida por los estudios culturales. Estos últimos,
bajo una confusa referencia a la multidisciplina, han
logrado abrir una curiosa especie de antropología
urbana como si fuese discurso suficiente para la comprensión
de los fenómenos sociales en general, y de los
comunicológicos en particular.
De tal manera, en los últimos
años se ha extendido hasta la saturación
la referencia a las identidades, las tradiciones, las
tribus urbanas, los consumos, en detrimento del análisis
de las clases sociales, las posiciones ideológicas,
la teoría del Estado, y la constitución
de la ciudadanía. Así, no pocos alumnos
de Comunicación suelen celebrar los tiempos posmodernos
con una problemática ingenuidad, justamente estos
tiempos de neoliberalismo salvaje y aumento del poder
imperial, de liquidación del espacio público,
y de privatismo generalizado de la existencia.
Se hace imprescindible plantear una
teoría sobre lo interdisciplinar, que muestre
que el objeto de la Comunicación no puede ser
aprehendido desde una disciplina específica,
pero tampoco desde los estudios culturales (es lo que
he desarrollado en mi libro Teorías Débiles,
y en el recién publicado La proliferación
de los signos, escrito junto a mis colaboradoras Claudia
Yarza y Nilda Bistué). La Comunicación
no es antropología urbana, ni puede prescindir
de la lingüística, la semiología
o los estudios sociales y políticos. De ninguna
manera podemos admitir que un discurso que campea por
varias disciplinas a la vez, pueda llenar por sí
mismo el total de la peculiaridad necesaria a los estudios
en el campo de la Comunicación.
Hay que constituir con fuerza un nuevo
“piso “ ideológico para este espacio,
que esté lejos de las justificaciones que se
da lo mediático, dado que cierta superposición
entre comunicadores y comunicólogos ha ido llevando
a estos últimos a algunos de los estilos publicitarios
de los primeros, en lamentable comunión epistémica
(o “confusión” epistémica)
de los que estudian con lo estudiado. Estudiar los medios
no obliga a festejarlos; trabajar la comunicación
no lleva a des-responsabilizar a la TV con el manido
recurso de apelar a un “receptor activo”
supuestamente omnipotente.
El trabajo en la universidad y la función
de investigación más la profundización
de los posgrados, deben ir haciendo lentamente de éste,
un espacio que alcance distancia cognitiva con su objeto
de análisis –los medios-, y con las prácticas
que a él le son propias. Hay que relacionarse
con ellas, pero desde una exterioridad crítica
que permita una explicación suficientemente distanciada
y conceptualmente afirmada. En cambio, el acercamiento
de las prácticas académicas de Comunicación
a las prácticas mediáticas y de mercado
(lenguaje altisonante, espectacularización de
la autoimagen de los autores, etc.) podría sumir
a este espacio en un desprestigio e inconsistencia crecientes
hacia el mediano plazo.