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Una mirada sobre el 19 y 20 de Diciembre.

Jorge Falcone analiza en forma profunda y contundente el sentido de aquel diciembre del 2001, cuando se vieron tambalear las estanterías del poder moderno argentino; además, realiza una aguda cronología del devenir del país en los últimos años.

 

La última irrupción genuina -tan desprolija como es costumbre- de las fuerzas sociales autóctonas se produjo durante las jornadas de lucha del 19 y 20 de diciembre de 2001, en que -más allá de cualquier pretensión conspirativa- la movilización popular derrocó , por primera vez en nuestra historia, a un gobierno soberbio, fusilador y autista.

 

Ese hito reciente sigue siendo la gran divisoria de aguas -que muchos dirigentes aún desatienden- entre una vieja y una nueva forma de hacer política. Cuando la gobernabilidad estuvo a punto de derrumbarse, durante un período vertiginoso en el que desfilaron por el ejecutivo cinco presidentes en menos de dos meses, el pragmatismo histórico de la dirigencia justicialista enfrentó el caos social con un hábil piloto de tormentas, el ex senador bonaerense Eduardo Duhalde.

Este “sobreviviente de la vieja política” que “huyó a los botes antes de que se hundiera el Titanic menemista”, tuvo olfato suficiente como para advertir -asesorado por sus mandantes- que por las calles de la Argentina venía marchando lo nuevo, y tomó drásticos recaudos para salirle al cruce en defensa del statu quo cuando, a principios de 2002, un nuevo frente nacional y popular estuvo a punto de soldarse al grito de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

El freno que pergeñó fue militar, ejemplificador, y dejó el saldo buscado en materia de desarticulación e intimidación de los sectores populares. Sucedió el 26 de junio de 2002 en Puente Pueyrredón, Avellaneda. Y sus efectos disciplinadores duraron hasta que estuvo lista la nueva y oportuna baraja de recambio del sistema.

Un dirigente surgido de las entrañas de esa clase media universitaria urbana, actor de reparto de la gran epopeya generacional de los 70s, lo suficientemente escarmentado como para no provocar al Imperio, y lo suficientemente dúctil como para encarnar el deseo profundo de una clase media que, rigoreada desde 1976,  parece dispuesta a sostener las apariencias de lo políticamente correcto .

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