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1.1 Dr. Roberto Follari: La comunicación, ese objeto que se dice de muchas maneras.

por:
Roberto A. Follari
Licenciado y Doctor en Filosofía. Docente e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas de la U.N.Cuyo, Mendoza.

Los estudios sobre comunicación no surgieron desde la academia, ni en la búsqueda de establecer un espacio teórico de debate: provinieron de las urgencias de la realidad social, en la medida en que el fenómeno mediático fue creciendo, y alcanzando cada vez más pregnancia en la sociedad contemporánea.

Por ello, son estudios que van desde lo profesional a lo científico, y no a la inversa. La predominancia de lo intereses operativos por sobre los teórico-explicativos, por una lado; y las dificultades de la explicación, por tener que hacerse desde perspectivas disciplinares diversas que vienen a cuento en relación con el fenómeno (sociología, economía, semiología, antropología), hacen que sea difícil la constitución de un campo suficientemente sólido desde el punto de vista de su valor epistémico y su coherencia conceptual.

Lo anterior contrasta con la evidente importancia social de estos estudios, dado que quienes los realizan son formadores de opinión pública, es decir, ocupan un lugar preponderante en la configuración político-ideológica de la sociedad, y en las disímiles tomas de partido que se dan dentro de ella. Tal contraste es francamente problemático: un espacio donde se juegan cuestiones sociales decisivas, es vacilante en cuanto al valor de su sustento científico.

La coexistencia de discursos provenientes de disciplinas diversas, producen una torre de Babel donde puede tenderse a superponer teorías diferentes sin recaudos ni criterios para establecer mutuas prioridades. Esto lleva hacia una acumulación de contenidos, sin un orden que los jerarquice y relacione. Otra de las “soluciones” a este dilema está en la hegemonía lisa y llana de un tipo de enfoques sobre otros: así sucedió con aquéllos centrados en lo social y lo ideológico en los años setentas, los relacionados con la semiología en los años ochentas, y luego la nueva vulgata constituida por los estudios culturales. Estos últimos, bajo una confusa referencia a la multidisciplina, han logrado abrir una curiosa especie de antropología urbana como si fuese discurso suficiente para la comprensión de los fenómenos sociales en general, y de los comunicológicos en particular.

De tal manera, en los últimos años se ha extendido hasta la saturación la referencia a las identidades, las tradiciones, las tribus urbanas, los consumos, en detrimento del análisis de las clases sociales, las posiciones ideológicas, la teoría del Estado, y la constitución de la ciudadanía. Así, no pocos alumnos de Comunicación suelen celebrar los tiempos posmodernos con una problemática ingenuidad, justamente estos tiempos de neoliberalismo salvaje y aumento del poder imperial, de liquidación del espacio público, y de privatismo generalizado de la existencia.

Se hace imprescindible plantear una teoría sobre lo interdisciplinar, que muestre que el objeto de la Comunicación no puede ser aprehendido desde una disciplina específica, pero tampoco desde los estudios culturales (es lo que he desarrollado en mi libro Teorías Débiles, y en el recién publicado La proliferación de los signos, escrito junto a mis colaboradoras Claudia Yarza y Nilda Bistué). La Comunicación no es antropología urbana, ni puede prescindir de la lingüística, la semiología o los estudios sociales y políticos. De ninguna manera podemos admitir que un discurso que campea por varias disciplinas a la vez, pueda llenar por sí mismo el total de la peculiaridad necesaria a los estudios en el campo de la Comunicación.

Hay que constituir con fuerza un nuevo “piso “ ideológico para este espacio, que esté lejos de las justificaciones que se da lo mediático, dado que cierta superposición entre comunicadores y comunicólogos ha ido llevando a estos últimos a algunos de los estilos publicitarios de los primeros, en lamentable comunión epistémica (o “confusión” epistémica) de los que estudian con lo estudiado. Estudiar los medios no obliga a festejarlos; trabajar la comunicación no lleva a des-responsabilizar a la TV con el manido recurso de apelar a un “receptor activo” supuestamente omnipotente.

El trabajo en la universidad y la función de investigación más la profundización de los posgrados, deben ir haciendo lentamente de éste, un espacio que alcance distancia cognitiva con su objeto de análisis –los medios-, y con las prácticas que a él le son propias. Hay que relacionarse con ellas, pero desde una exterioridad crítica que permita una explicación suficientemente distanciada y conceptualmente afirmada. En cambio, el acercamiento de las prácticas académicas de Comunicación a las prácticas mediáticas y de mercado (lenguaje altisonante, espectacularización de la autoimagen de los autores, etc.) podría sumir a este espacio en un desprestigio e inconsistencia crecientes hacia el mediano plazo.

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